Con la mediación de Chávez en el intercambio humanitario ganaron todos menos los secuestrados y sus familias. Uribe no perdió mucho dejando entrar a Chávez en su casa, por el contrario recibió un nuevo aire de popularidad a través de cientos de voces que se solidarizaron con su causa y avalaron su respuesta ante la falta de diplomacia del mandatario venezolano. Se reiteraron las diferencias entre la izquierda y la derecha latinoamericana y se polarizó la opinión pública colombiana aún más de lo que estaba antes del traspié.
A Uribe los colombianos lo eligieron para hacer la guerra; los fallidos diálogos de paz con el ex Presidente Pastrana dejaron un amargo sinsabor en el pueblo que, para ese entonces y ya lo olvidó, pedía diálogo para la resolución del conflicto armado colombiano. Que el Presidente opte por reconocer la posibilidad de intercambio, de diálogos de paz o cualquier otro acercamiento significa hacer todo lo contrario de lo que sus electores esperan. Sin embargo, el despeje en Ralito para dialogar con los paramilitares sí fue posible, claro está, porque la guerra en Colombia no era en contra el brazo armado de los ricos y de los terratenientes, sino, por el contrario, contra la ya trajinada y deformada izquierda insurgente del país.
Sentarse a dialogar implica el reconocimiento del otro como interlocutor válido, independientemente de que se considere político o no, como lo demuestra el proceso de paz con las Autodefensas Unidas de Colombia. Con ellos se sentó el Gobierno y llegó a acuerdos; los hizo pasar de manera forzada como una entidad política sin ninguna argumentación válida, aparte de la que hizo el señor Londoño Hoyos como columnista y no como funcionario del Gobierno al aseverar que habían nacido como consecuencia de las Farc. Ese proceso de paz fue posible porque las Autodefensas buscaban dos cosas, básicamente: proteger a los ricos y enriquecerse. A los ricos ya los protege el Estado y su política de seguridad democrática, y el dinero lo tienen invertido en cientos de empresas y gremios que funcionan de manera legal, es decir, está lavado.
Con las Farc fue imposible llegar a un acuerdo de paz en el Gobierno Pastrana, y lo seguirá siendo, por la sencilla razón de que las Farc, independientemente de que pidan para sí beneficios económicos, impunidad y reintegración social, harán peticiones que afectan a los ricos y a los industriales de este país, como la tan mentada reforma agraria, la mejora de las condiciones de los trabajadores y garantías para los sindicatos, entre otros.
Y el país y los medios de comunicación siguen empecinados en los aspectos superfluos del intercambio: que Uribe no despeja y que las Farc no negocian sino en Colombia y con despeje. En los recientes acercamientos entre las Farc y Chávez sólo ganó el Presidente venezolano más popularidad entre sus compatriotas al mostrarse como preocupado por la situación del vecino país. Ganó en las páginas de los periódicos más importantes del mundo y se perfiló como un líder que traspasa las fronteras nacionales para afianzar su influencia en la región de Latinoamérica.
Uribe también ganó, porque recuperó la simpatía de muchos de sus electores, que todavía confían en su labor y creen que la salida al conflicto armado no es política, ni mucho menos, sino a bala y sangre. Llamó en varios discursos a la unidad nacional, develando planes expansionistas de Chávez en la región que incluyen a Colombia para crear un sentimiento de repudio hacia el vecino país, como si hablaran de extraterrestres y no de pueblos hermanos. En este acercamiento ganaron los egos enfrentados de dos líderes políticos que comparten prácticas populistas con fines distintos, ganaron los uribistas, pero perdió el pueblo, perdieron los secuestrados y sus familias porque mientras haya Uribe en el poder las puertas para cualquier acercamiento están cerradas, y con cerrojo doble.